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"Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros;” Juan
8.9a
Las palabras de Cristo a los que querían apedrear a la mujer adúltera, fue directa a sus conciencias. Ninguno de ellos estaba libre de pecados, como para tener la autoridad de aplicar una ley moral.
Reflexionemos.
Sí existe una ley moral de Dios, donde al pecado se le llama por su nombre.
No hay dudas de que el adulterio, es una de las cosas, que aún el propio Señor Jesús condenó como desobediencia a Dios, es decir: Pecado.
Sin embargo, no erremos, solo hay un juez capacitado para condenar y ajusticiar el pecado, y ese es el que por su santidad está libre de pecado: Dios mismo.
Todos los demás, hemos nacido con esa herencia en nuestra naturaleza que nos lleva a pecar tarde o temprano, para entonces, necesitar de la misericordia del juez.
El grave error de aquella gente, no fue reconocer el mal del adulterio, sino el querer ocupar una posición que no les correspondía: Ser jueces.
No erremos, ningún hombre mortal, tiene la potestad de condenar o perdonar pecados, eso corresponde solamente al Santo, Santo, Santo.
¿Qué nos corresponde hacer? Reconocer nuestra condición pecadora y buscar la misericordia de Dios a través de su Hijo, quien pagó por nuestra culpa siendo inocente, pues fue el único hombre que nació y vivió sin pecado.
Aquellos hombres debieron primero buscar el perdón para ellos mismos, y después, compartir esa experiencia con otros pecadores, de los cuales, aquella mujer era buena candidata.
Autor: Rev. Samuel Aleman
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